22. mar., 2021

Interculturalidad y universidad, un espacio de mediación y cambio cultural

 
Dr. Alberto Prado
Profesor Asociado, Facultad Ingeniería y Arquitectura.
Universidad Arturo Prat
 
 
Los recientes resultados del Plebiscito en Chile de octubre 25, nos sitúan ante un desafío de replantearnos, desde nuestra realidad de país y ser latinoamericanos, los sentidos de una variedad de conceptos centrales, entre ellos, el de interculturalidad. La búsqueda de una sociedad justa, equitativa, e igualitaria que permita el acceso para todos de los bienes que provee nuestra sociedad, determina reflexionar de nuestros fundamentos de país. La Convención sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales, establecida por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, en el año 2005, define la Interculturalidad como la presencia e interacción equitativa de diversas culturas y a la posibilidad de generar expresiones culturales compartidas, a través del diálogo y el respeto mutuo, y determina una base para la reflexión.

No obstante, debemos enfatizar que la relación entre culturas está arraigada al origen y presente de Latinoamérica, que se evidencia en nuestro mestizaje, en nuestras prácticas e intercambios que definen nuestra cultura, y desde un enfoque relacional y espacial, en nuestro territorio y paisaje. Espacio que ha sido moldeado y determinado a partir de las complejas interrelaciones entre elementos históricos y naturales, no ajena a conflictos y más, impregnada de ellos. Un abordaje territorial de la interculturalidad implica reconocer que la expresión de las culturas es una expresión en el espacio y, por tanto, político e ideológico. El espacio es un producto de un proceso político literalmente lleno de ideologías propone Lefebvre, y ocupa, una posición central en las nuevas formas de pensamiento de análisis, investigación critica, practica teórica y política, reconocido por Simeoforidis y Soja, como el significativo giro espacial transdisciplinario.

En este escenario, la Universidad tiene un propósito en la sociedad contemporánea como espacio de interacción cultural, como lugar donde se esquematizan y traban las relaciones preferenciales, donde se definen aquellas reglas, códigos y modelos de conducta que, justamente por su carácter prerreflexivo, crean hábitos (Frijhoff. 2010), en el sentido de habitus posible de entender como capital, según Bourdieu; hábitos profesionales, como también de un modelo de conducta. Una vocación que nos conduce a pensar en la Universidad no como un territorio neutro, ni como un centro de irradiación, sino como el lugar donde ocurre una mediación cultural. El rol cultural de la universidad como mediador, deberá́ implicar por una parte ser reconocido por su labor, como productor y reproductor de cultura, que supuestamente ha de crear, promover y transmitir, la de una identidad, de construir un patrimonio identitario, y de su reconocimiento social, ser reconocidos por hacer efectiva esta práctica, que deberá ser parte de nuestra vida, de los sujetos, de sus comunidades, sociedades y territorios.

Por extensión, podemos pensar que la ciudad y todo espacio, debiera ser considerada un lugar de mediación cultural, en donde las relaciones bidireccionales se respetan y legitiman y el objetivo de la igualdad, equidad y cohesión social, en nuestra sociedad diversa, se hacen parte de la interculturalidad como patrimonio de identidad cultural de una nueva sociedad que debemos construir. El llamado popular escrito en el plebiscito es a cambiar la historia, a reescribir la historia a contrapelo, siguiendo a Benjamín. En nuestra responsabilidad social, en nuestro rol de sujetos de cambio, es la oportunidad que entrega la historia, como espacio de redención.