11. feb., 2022

¿Qué ha pasado en un año para entender la crisis humanitaria que vivimos en Tarapacá?

Marcela Tapia Ladino
Directora del Doctorado en Estudios Transfronterizos del INTE

Hace un año estuve en Colchane en el inicio de la actual crisis humanitaria, el mismo día que se produjo la primera expulsión de extranjeros, -la mayoría por razones administrativas- sin el debido proceso y con fuerte despliegue mediático. Aparejado se implementó el Plan Colchane cuyo objetivo fue reforzar la frontera con militares para detectar y controlar delitos asociados al narcotráfico, el crimen organizado transnacional y el tráfico ilícito de migrantes. Todo ello en el marco de la visita de autoridades nacionales, ministros, subsecretarios con gran cobertura de prensa que no tuvo en cuenta a las autoridades locales en la agenda.
En el transcurso del año vimos como el municipio de Iquique buscó la forma de gestionar la situación, pero enfrentado siempre al centralismo y la omisión de su opinión en el tema, hecho lo que lo llevó a interponer un recurso de protección en contra de las autoridades nacionales. Así fuimos testigos de acusaciones cruzadas entre autoridades locales con los representantes regionales del gobierno a quienes se les responsabilizaba del abandono de Tarapacá, sin recursos ni medidas para abordar la crisis. Mientras tanto, la llegada de venezolano/as decayó con el invierno y las temperaturas bajo cero del altiplano, pero no se detuvo. Quienes llegaban a Colchane -exhaustos y agotados sus recursos-, lograban bajar a Iquique y luego de pasar por residencias sanitarias, sólo les quedaba la calle para vivir y juntar dinero en intentar alcanzar sus destinos. De manera autogestionada y sin mínimos sanitarios, ocuparon espacios públicos produciendo las molestias de los vecinos y un emergente sentimiento de molestia y rabia. El punto más álgido fue el desalojo de Plaza Brasil, la primera marcha antiinmigrante y la quema de las pertenencias de un grupo de personas con imágenes que dieron vuelta al mundo. Sin embargo, eso no aplacó los ánimos y las siguientes medidas tomadas, como la creación de un refugio en octubre pasado en Colchane y la implementación de otro similar en Lobito, a las afueras de Iquique no han resuelto la situación.
En paralelo, y en forma menos visible, vimos cómo las organizaciones de migrantes y las iglesias desplegaron una red de ayuda para alimentar a los niño/as e infantes en las calles, llevarles ropa, carpas, para sacar a las familias de las calles y financiar pasajes a Santiago. También campañas en redes sociales llamando la atención sobre los mitos sobre la migración y múltiples columnas de opinión para desmontar tantos equívocos y contrarrestar el surgimiento de la xenofobia. Comunicados, imágenes y videos que buscaron detener infructuosamente la ola antiinmigrante.
Terminamos el año con nuevas marchas antiinmigrantes, una ineficiente gestión de la crisis, un aumento del ingreso irregular y un desatado discurso de odio, xenofobia y racismo que inunda las redes sociales. Iniciamos el 2022 con declaraciones que vinculan el desplazamiento forzado con la delincuencia y la inseguridad, luego de las agresiones a carabineros, los datos que informan un aumento de delitos y los videos por redes sociales de enfrentamiento entre personas y bandas, entre otros. Por cierto, dos fenómenos diferentes, pero que se ha buscado conectar, en lo que se conoce como la criminalización de las migraciones. Esto no avala ni justifica ningún delito, sea de chileno o de extranjeros, sino indica que son diferentes y que en ningún caso son sinónimos.
A un año del terreno en Colchane y ante los actuales hechos que nos interpelan es necesario usar otras miradas, y aunque parezca difícil, darle la vuelta. La evidencia mundial demuestra que más muros, policías, drones y militares no detienen la migración, sino por el contrario, la vuelven más precaria y mortal y abonan el terreno para el surgimiento exclusión y la segregación.
Tarapacá es una región que nació y creció con la migración y que cuenta con la mayor proporción de extranjeros en su historia y hasta la fecha. Que sigue creciendo gracias a la ZOFRI donde trabajan empresarios, comerciantes y trabajadores de diferentes nacionalidades y posiciones sociales y laborales. Es además una región religiosa que venera a la Virgen del Carmen de la Tirana, la “Chinita”, símbolo de la integración de los países fronterizos, donde hasta la pandemia llegaban hasta el pueblo miles de peregrinos llegaban para pedir favores y pagar mandas. Es cierto que vivimos una situación compleja, difícil de abordar y que a ratos nos enfrenta, pero que requiere soluciones múltiples desde la relación cara a cara, el barrio, el municipio, la gobernación, las universidades, la cancillería y hasta los países de la región. Pero es también un desafío para convertirnos en lo que nos puede llevar a pensar en una región o ciudad solidaria en materia migratoria, sin que ello suponga anteponer los derechos de los extranjeros frente a los nacionales, como se ha querido interpretar en ocasiones. Existen modelos de gestión local que pueden dar luces al respecto y modo de comprender los posibles alcances y limitaciones de las políticas locales de gestión. Hay algunos ejemplos como ciudades, santuarios, en algunos partes de Estados Unidos, Canadá y algunos países de Europa, como así también la política municipal del San Pablo (Brasil), de 2016, y recientemente la región de Magallanes, que pueden ser ejemplos de experiencias para repensar las migraciones y la vida de quienes habitan determinados territorios locales. El punto es si las autoridades actuales y próximas, locales y nacionales, así como la sociedad tarapaqueña, los medios de comunicación y los actores y actrices involucrado/as, están disponibles para dar un giro en materia migratoria y asumir este reto. El Papa Francisco hizo una llamado a no caer en la “globalización de la indiferencia” en la idea de eso no me importa porque no me afecta. Sólo espero que en un año más estemos en una situación muy diferente a la actual, por cierto, mejor.